sábado, 14 de noviembre de 2009

Give me the power, nene!














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Qué precio estás dispuesto a pagar?



Cuando la ambición es desmedida y responde a resentimientos y fracasos, los costos que se terminan pagando suelen ser excesivos.

Por Velia Rofeld


La ambición es el deseo ardiente de conseguir poder, riquezas, dignidades o fama….ahora, intentemos agregar a esta definición la palabra “Desmesuradamente”, y obtendremos una combinación fatal.

La gente desmesuradamente ambiciosa de poder se torna opresiva y se muestra sobradamente altanera. Olvida, sin ningún vestigio de recuerdos, sus pasados más cercanos, y en pos de “ser quienes mandan”, abandonan cualquier noción de conciencia, valores y respeto.
No ven pares, sino rivales, y esto fecunda en ellos una idea de temor y paranoia para con los demás.

Se tornan deshonestos y trabajan para llenar sus arcas, sin importar los medios que se utilicen para ello. El fin lo justifica todo: poder, más poder y todo el poder.
Apropiándose de lo ajeno, desde trabajos, ideas, espacios y recursos, y sembrando un tono imperante y vanidoso, comienzan a sembrar tempestades…y no tardan mucho en cosechar odios, broncas y enemigos.
Procedentes muchas veces de cargos menores, se ven impactados por esta nueva posibilidad de “dirigir”, y ostentan sus cargos con el solo afán de creer que eso genera respeto en los demás.
Por lo general, se sumergen en sus propias fantasías, y tienen puesta la mirada mucho más en “dar ordenes” o “mostrar quien manda” que en los objetivos para los cuales han sido designados.
Cuando llegan a ocupar cargos de jerarquía, prometen “cortar cabezas” y vengarse, paradójicamente, de lo que alguna vez padecieron en carne propia.
Lo cierto, que en esta intención de compensarse en sus propios resentimientos, comienzan a levantar sospechas de cómo han logrado ascender, y las hipótesis siempre desembocan en acusaciones por lo bajo, que hablan de “favores” non santos.
Los viejos compañeros, transmutan en seres inferiores que deben prosternarse a su paso.
La ceguera del poder se transforma en obsesión, en libertades coartadas, en ideas apropiadas, en despidos antojadizos, en burla y desdeño. Imperan en reinos frágiles y poseídos por mentiras hechas a medida, en tarjetas y firmas como “Directores ó Gerentes”, vacías de contenidos, de humildad y valores.
El poder sin medidas, el que viola derechos y sesga caminos, termina, irremediablemente por caer por su propio peso. Nadie logra sobrevivir a sus propios fantasmas, a menos que se convierta en un fantasma más.

Que el poder se logre por derecho, por justicia, por capacidad.
Que los valores humanos sean condición inexorable de quienes se mueven en el terreno sinuoso del poder y las decisiones que pueden cambiar el destino de muchas vidas.
Que el juego limpio y la lealtad no se confinen en los oscuros laberintos de una mente desbordada de codicia.
Las nuevas generaciones, tal vez aprendan lo que nosotros hoy aún no logramos desterrar:
que el poder desmedido es una enfermedad, que no busca su propia libertad, sino vivir en la impunidad.

No dirige quien da órdenes y decide sobre la vida de los otros, sino aquel que estratégicamente mueve con respeto a un grupo de personas a un objetivo en común y se gana el respeto por el trabajo que realiza, garantizando siempre la libertad y la justicia como derecho inalienable.
"La ambición de poder es una mala hierba que sólo crece en el solar abandonado de una mente vacía."

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